Necesaria la participación de instituciones educativas para crear estrategias sociales resolutivas 


Número 276


La UAM, sede de foro de consulta sobre agenda territorial convocado por la Sedatu

Paula Soto Villagrán y Ruth Pérez López, especialistas de la Institución, participaron en la Mesa Movilidad y espacios públicos

El encuentro es un ejemplo de colaboración entre academia, instituciones públicas, iniciativa privada y organizaciones de la sociedad civil



La Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), en congruencia con su compromiso con el diálogo, el conocimiento y la acción orientada al bienestar de todas y todos, se congratula por la oportunidad de colaboración estrecha entre academia, instituciones públicas, iniciativa privada y organizaciones de la sociedad civil, afirmó el doctor Gustavo Pacheco López, coordinador general para el Fortalecimiento Académico y Vinculación de esta casa de estudios.

Al inaugurar, en representación del doctor José Antonio De los Reyes Heredia, rector general de la UAM, el Foro de consulta Agenda territorial participativa. Un mismo territorio, diversas realidades, indicó que la Casa abierta al tiempo celebra el acierto de cooperar con la Secretaría de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano (Sedatu) en este ejercicio democrático.

En la ceremonia, en la que estuvo presente Víctor Hugo Hoffman Aguirre, subsecretario de Ordenamiento Territorial, Urbano y Vivienda, reconoció que ningún territorio puede comprenderse con una sola mirada y, por tanto, “una agenda verdaderamente participativa exige que abramos nuestras instituciones, escuchemos a nuestras comunidades y pensemos juntos estrategias que respondan a las realidades múltiples que conforman nuestro país”. 

En el marco del encuentro, Paula Soto Villagrán y Ruth Pérez López, investigadoras de esta casa de estudios, participaron en la Mesa Movilidad y espacios públicos.

La doctora Soto Villagrán, adscrita al Departamento de Sociología de la sede Iztapalapa, aseguró que nada en el transporte es neutral, toda vez que las experiencias que se viven al utilizar el servicio están mediadas por múltiples categorías donde la de género es una de las más importantes. 

La también integrante del núcleo básico de la Maestría en Estudios de la Mujer y el Doctorado en Estudios Feministas de la Unidad Xochimilco expuso que “el movimiento se da siempre de una forma corporal; es decir, “nos desplazamos en un cuerpo que está marcado culturalmente, está signado socialmente y, además, tiene una serie de características para que sea un facilitador o un obstaculizador del tránsito”.

Cuando se habla de movilidad se debe hacer referencia a “aquella encarnada, pero que tiene una dimensión emocional”, lo cual es fundamental porque en términos teóricos y de experiencia permite y amplía la posibilidad de entender que moverse es más que desplazarse, explicó en el encuentro que tuvo lugar en la Rectoría General de este centro del saber.

El desplazamiento se da en un punto, en un tiempo cartesiano, medible, pero la experiencia se da de manera diferencial en términos de las características sociales y culturales y esto, por lo tanto, implica una política espacial, pues “hay personas que se mueven y otras que se anclan”. 

En México hay aspectos que marcan esa diferencia, como el miedo y la violencia, ya que nueve de cada diez mujeres han vivido al menos un episodio de agresión sexual en el transporte público y en el ámbito público.

Ello significa que se trata de “un ejercicio naturalizado, normalizado”, pese a que hace una década hablábamos solo de violencia doméstica y no de aquella en el sitio público, porque la concepción del término estaba muy estereotipada para las relaciones cercanas.

Con el tiempo, “hemos ido investigando que aquella en el espacio público es un ejercicio de poder, de dominio, que implica una forma de ocupar el lugar desde la perspectiva femenina, pero también de otros grupos, como las niñeces, por ejemplo, lo cual ha evidenciado que las urbes no están pensadas para una diversidad de usuarios y usuarias del transporte”.

Lo anterior ha tenido como consecuencia que el sector femenino tome decisiones como disminuir viajes, cambiar de horarios, de modo de transporte, de ropa, lo que lleva a una movilidad restringida, como el “producto más concreto que tenemos cuando pensamos en un problema fundamental como el de la violencia sexual”. 

La especialista en geografía humana propuso pensar en una movilidad inclusiva, cuidadora, segura e interseccional, pues las mujeres no son un todo homogéneo, hay niñas, personas mayores, con discapacidad y es necesario pensar en esas diferencias. 

“Una movilidad con igualdad de género requiere, además, que en las discusiones y en los debates sobre el transporte, estén representadas las necesidades de las mujeres y de otros grupos que no necesariamente son prioritarios cuando se planifica el transporte y la movilidad”, enfatizó.

La doctora Pérez López, investigadora del Departamento de Sociología de la Unidad Azcapotzalco, coincidió que para garantizar el derecho a la ciudad, a la participación ciudadana y al acceso a los bienes, servicios y equipamientos que ofrece la metrópoli, se debe garantizar el derecho a la movilidad mediante la disminución de las desigualdades e injusticias.

Entre las barreras o factores que obstaculizan el derecho a la movilidad se encuentran los económicos, por ejemplo, un bajo nivel socioeconómico y un bajo acceso al automóvil, así como otros individuales como las características físicas de la persona, entre ellas tener una discapacidad o estar a cargo de una persona en esa condición, ser mujer, adulto mayor, niño o niña. 

Pero existen otros de carácter exógeno como es una infraestructura urbana deficiente, que pueden ser banquetas en mal estado, desniveles del terreno, inseguridad vial, cruces peatonales mal diseñados, inseguridad pública en el transporte, acoso sexual en el transporte, saturación de éste y falta de accesibilidad a las unidades del mismo.

La investigadora aseveró que considerando estos elementos es evidente que las condiciones de vulnerabilidad de ciertos grupos sociales no se deben tanto a sus características personales sino al entorno en el que se desenvuelven, que puede ser “altamente discapacitante”, porque no son los rasgos físicos o sociales las que representan una deficiencia o vulnerabilidad, sino la ciudad, la que convierte estas características en un rasgo de vulnerabilidad.

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