Socialización y riesgo, el alcohol en la adolescencia


Número 597


La adolescencia es una etapa de búsqueda de identidad y vulnerabilidad que puede facilitar la experimentación con el alcohol, especialmente en un entorno grupal

Factores más amplios como el contexto económico y las prácticas culturales pueden desencadenar o favorecer el consumo



Una sociedad que ha flexibilizado sus normas y valores, y que asocia el alcohol con la diversión, puede facilitar el inicio del consumo, dijo en entrevista el doctor Alfredo Nateras Domínguez, investigador de la Unidad Iztapalapa de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) y figura central en el campo de la investigación juvenil en América Latina.

El académico del Departamento de Sociología explicó que, desde una perspectiva sociológica, el alcoholismo juvenil se origina por la interacción de factores como la presión social, la búsqueda de aceptación y pertenencia, la imitación de roles adultos, y una evolución social permisiva que incluso promueve el consumo como parte del ocio.

A esto se suman la baja autoestima, la falta de asertividad, la baja tolerancia a la frustración, la desinformación sobre sus riesgos, y la carencia de un apoyo familiar sólido.

El alcohol está integrado en la cultura juvenil, volviéndose parte de “rituales” o actividades sociales que los jóvenes adoptan para sentirse parte de un grupo o experimentar nuevas sensaciones, como sentirse más divertidos, sociables o para olvidar problemas, subrayó.

Enfatizó que el consumo está fuertemente influenciado por factores sociales y culturales, que incluyen la normalización de la bebida en festividades, la presión de grupo y el acceso fácil al alcohol, todo ello exacerbado durante la adolescencia, una etapa crítica para el desarrollo cerebral. Estos factores pueden llevar a un uso más intensivo y a un mayor riesgo de desarrollar problemas de conducta, dependencia, bajo rendimiento académico y una peor calidad de vida a largo plazo.

El doctor Nateras Domínguez detalló que los medios de comunicación, incluidas la televisión, las redes sociales y la publicidad deportiva, son un factor importante que hace figura en el consumo de los adolescentes, al regularizar, vincularlo con el esparcimiento, el estatus social y la imagen de marca, de igual forma al usar modelos atractivos para promover las bebidas alcohólicas entre ellos.

Esta constante exposición a mensajes en los medios que asocian el alcohol con aspectos positivos y deseables, influye en las actitudes y comportamientos de los jóvenes.

Acentuó que, para prevenir el consumo de alcohol en adolescentes, es crucial una comunicación abierta y constante con ellos, el establecimiento de límites claros, el fomento de actividades saludables y el ejemplo positivo de los adultos.

El papel de las universidades en la prevención del consumo implica crear un entorno de apoyo, implementar políticas efectivas que limiten la disponibilidad y normalicen un bajo consumo, desarrollar intervenciones educativas y psicosociales que aborden las influencias de pares, fomentar alternativas de socialización no centradas en el alcohol, además promover un liderazgo institucional fuerte que priorice la salud y el bienestar estudiantil.

El profesor dijo que deben realizar programas educativos que utilicen técnicas participativas y aborden temas como los peligros del consumo, cómo identificar problemas y cómo tomar decisiones informadas.

Es prioritario ofrecer actividades y espacios de diversión, deporte y socialización que no estén centrados en el consumo de bebidas alcohólicas, ayudando a los estudiantes a construir nuevas amistades en un contexto más saludable, destacó.

También es relevante comprender el consumo de alcohol en los jóvenes, esto implica reconocer que se debe a factores como la curiosidad, la presión social, el deseo de experimentar y la búsqueda de sensaciones placenteras o de escape del estrés.

Ahondó que para que este sector de la población pueda evitar el consumo de alcohol, es fundamental la intervención de la familia, la escuela y la comunidad a través de la educación temprana sobre los riesgos, el fomento de alternativas de ocio saludables, la promoción de la autoestima y la habilidad de decir “no” a la presión grupal.

Las familias deben dar ejemplo, dialogar abiertamente sobre el tema y establecer límites claros, mientras que las instituciones educativas deben ofrecer actividades recreativas y de desarrollo personal, y la comunidad debe crear entornos de apoyo para los adolescentes.

Finalizó indicando que, desde un análisis sociológico, es crucial entender el consumo de alcohol como una pauta cultural arraigada, en lugar de limitarse a visiones individualistas o moralistas, es importante acercarse a los jóvenes desde la heterogeneidad de respuestas posibles, evitando la exclusión y la estigmatización, buscando alternativas consensuadas.

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