Mosquitos y salud pública: entender para coexistir
Número 414
Heliot Zarza Villanueva invita a repensar la relación con estos insectos, no como enemigos a erradicar, sino como parte esencial de los ecosistemas
El mosquito Aedes aegypti, es el principal transmisor de enfermedades como dengue y zika, se adapta con facilidad a entornos urbanos donde la biodiversidad ha sido erosionada


Cuando se habla de mosquitos en la vida cotidiana, lo común es asociarlos con enfermedades, picaduras y molestias, pero desde la mirada del doctor Heliot Zarza Villanueva, investigador del Departamento de Ciencias Ambientales en la Unidad Lerma de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), el enfoque es más complejo y necesario, ya que no se trata simplemente de una “plaga” a erradicar, sino de un elemento clave del ecosistema cuya comprensión integral resulta vital para la salud colectiva y la conservación de la biodiversidad.
Los mosquitos, especialmente las hembras hematófagas del género Aedes, son transmisores de enfermedades como dengue, chikungunya, zika y fiebre amarilla, pero también, desde una perspectiva ecológica, son parte fundamental de las cadenas tróficas. “Muchas especies insectívoras, como aves, anfibios y mamíferos, incluidos murciélagos se alimentan de ellos” y lejos de ser únicamente una amenaza, cumplen un papel ecológico irremplazable, explicó.
Además, “cuando los ecosistemas están equilibrados, con alta biodiversidad, la proliferación de mosquitos potencialmente vectores se regula en forma natural a través de sus depredadores”, apuntó en entrevista.
Las hembras del género Aedes aegypti, son responsables de la transmisión de las enfermedades antes mencionadas, no obstante, su ciclo de vida es corto, su reproducción es rápida y, en condiciones favorables, su número puede crecer de manera exponencial. “Un recipiente olvidado con apenas un poco de agua estancada, una llanta, un tinaco sin tapa, un balde, puede convertirse en un criadero ideal”, indicó.
Sin embargo, en su forma más elemental, los mosquitos cumplen una función ecológica irreemplazable y en su interacción con el ecosistema, son víctimas de depredadores, están inmersos en complejas relaciones tróficas y simbióticas, y contribuyen a la regulación de otras poblaciones animales. Por ello, hablar de su erradicación indiscriminada no solo es inviable, sino ecológicamente riesgoso.
Transformar el paisaje, alterar los equilibrios
Con la temporada de lluvias y el calentamiento global, las condiciones para la reproducción del mosquito se intensifican. “El aumento en la temperatura ambiental y del agua reduce el ciclo de eclosión de los huevos. Lo que antes tomaba entre 18 y 20 días, ahora sucede en menos tiempo”, advirtió.
Pero no se necesitan lagos ni grandes charcas para generar un brote: “una pequeña cantidad de agua en una carcacha, una llanta vieja o un bote puede convertirse en criadero. Esto hace que las campañas de salud pública insistan en cubrir tinacos, eliminar objetos que acumulen agua y fumigar zonas críticas”, señaló.
El problema aparece cuando el entorno cambia; la deforestación, urbanización desordenada y pérdida de hábitat eliminan primero a las variedades más sensibles, dejando el terreno libre para los más “resistentes”, como el Aedes aegypti, originario de África. “Al sacar a una especie de su entorno natural, la quitamos también de sus depredadores naturales. En ecosistemas sanos, la propia biodiversidad regula las poblaciones de mosquitos. Cuando eso desaparece, el insecto puede convertirse en una amenaza real”, resaltó.
El dengue encabeza la lista de enfermedades transmitidas por mosquitos en América Latina, le siguen el chikungunya y zika, mientras que la fiebre amarilla es menos común, sin embargo, aún está presente en zonas de Sudamérica. Además, la malaria, transmitida por los del género Anopheles, es otro caso relevante fuera de las áreas tropicales urbanas.
Vacunas, mitos y realidades
Aunque existen vacunas para algunas enfermedades, como la fiebre amarilla, el dengue representa un caso más complejo, ya que es causado por cuatro serotipos diferentes del virus (DEN-1, DEN-2, DEN-3 y DEN-4). Esto significa que una persona puede padecer más de una vez, y que una segunda infección con la misma cepa puede derivar en dengue hemorrágico, una condición potencialmente grave.
La vacunación, cuando está disponible, no evita necesariamente el contagio, pero prepara al cuerpo para enfrentarlo de mejor manera, reduciendo la gravedad de los síntomas.
En cuanto a mitos comunes, el doctor Zarza Villanueva aclaró que “no hay evidencia científica de que los mosquitos prefieran un tipo de sangre o grupo étnico específico. Lo que sí influye en su comportamiento es el olor corporal, determinado por factores como sudoración, alimentación y pH de la piel”.
Las personas que trabajan o viven en zonas rurales o periurbanas, sobre todo aquellas dedicadas a la agricultura, ganadería o pesca, están más expuestas al contagio. Su cercanía constante con ambientes naturales fragmentados, donde estos vectores encuentran refugio y condiciones ideales, aumenta el riesgo.
Por ello, las medidas de prevención comunitaria son cruciales; tapar recipientes, eliminar criaderos, usar repelente, dormir con mosquiteros. También se requiere algo más profundo, que es la educación social y ambiental.
“La academia tiene un papel clave no solo en generar conocimiento, sino en traducirlo para que la sociedad lo entienda y lo use”, afirmó el doctor. “Desde proyectos comunitarios hasta campañas de comunicación en redes sociales, la universidad puede acercarse a públicos diversos y contribuir a cambiar prácticas cotidianas que tienen un impacto directo en la salud”.
El investigador propone construir mensajes desde lo interdisciplinario. “Quizás yo no sé hacer un TikTok, pero trabajando con especialistas en comunicación podemos lograr contenidos breves, claros y efectivos. Lo importante es que la gente se informe y entienda qué papel jugamos todos en la prevención”.
Convivir, no erradicar
La ciencia ha documentado un fenómeno clave: el efecto de dilución. En entornos biodiversos, los mosquitos pueden picar a animales que no transmiten enfermedades, como ciertos roedores o murciélagos, interrumpiendo la cadena de contagio. Pero en paisajes con poca diversidad biológica, el ser humano es la especie más disponible y vulnerable.
“Si un mosquito infectado no encuentra fauna silvestre, picará al humano. Y ahí es cuando la transmisión se vuelve un problema de salud pública; esta relación directa entre degradación ambiental y enfermedad demuestra que proteger la biodiversidad es una forma de protegernos”, puntualizó.
En un mundo donde los desequilibrios ecológicos traen consecuencias sanitarias concretas, el mensaje del doctor Zarza Villanueva fue claro: la solución no es erradicar, sino coexistir con conocimiento. Conservar los bosques, entender la función ecológica de cada especie y reconocer que la biodiversidad no es solo un asunto ambiental, sino también de salud pública.
“Imaginen una gran pared hecha de ladrillos. Cada especie es un ladrillo. Tal vez puedes quitar uno y no pasa nada. Pero si sigues removiendo, llega un punto en que la pared colapsa. Así funciona la vida”, aseveró. Y como humanidad, aún estamos a tiempo de reforzar esa pared, ladrillo a ladrillo, con ciencia, educación y acción colectiva.
“Nosotros, como seres humanos, somos responsables tanto de nuestra salud como de la biodiversidad del planeta. La solución no es erradicar especies, sino aprender a coexistir con ellas. Debemos entender cómo funciona la variedad de seres vivos y actuar en consecuencia: vacunarnos, informarnos y educar a las nuevas generaciones”, finalizó.