La UAM, comprometida con el fortalecimiento de la justicia alimentaria en México
Número 424
Investigadores de la Casa abierta al tiempo entrelazan sus disciplinas para visibilizar los retos del desarrollo rural, la nutrición genética, la producción sustentable y las prácticas alimentarias urbanas
Desde la milpa urbana hasta la citometría de flujo, los especialistas muestran cómo la comida es también cultura, biología y justicia social

Una visión crítica y comprometida con la transformación social y el fortalecimiento de la justicia alimentaria en México aportaron investigadores de distintas disciplinas reunidos en la mesa titulada Agricultura y alimentación: tendencias y desafíos actuales, celebrada en la Unidad Iztapalapa de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM).
Desde sus fundamentos políticos, productivos y genéticos, hasta sus expresiones culturales y territoriales, los ponentes pudieron articular voces que, a partir de la sociología, la biología, la salud, la veterinaria y las políticas públicas, convergen en una misma preocupación: el sistema alimentario actual enfrenta desafíos que no pueden ser abordados desde una única disciplina ni bajo fórmulas simplificadas.
En el marco del Coloquio Interdepartamental: Ruralidades y Alimentación, la doctora Edith Cortés Barberena, profesora del Departamento de Ciencias Biológicas y de la Salud de la mencionada sede, abordó “cómo los nutrientes que ingerimos inciden directamente en la integridad del ADN”, afectando la capacidad celular para duplicarse, repararse y mantener sus funciones vitales.
En su exposición Relación de la alimentación con la estabilidad genómica, la investigadora del Laboratorio de Biología Celular y Citometría de Flujo, dijo que, de acuerdo con estudios realizados, mostró cómo la desnutrición, en especial en infancias de comunidades rurales e indígenas, está asociada a mayor daño genético, dado el déficit de micronutrientes, el estrés oxidante y la exposición prolongada a enfermedades infecciosas.
Por otro lado, el sobrepeso y la obesidad infantil también comprometen la estabilidad genómica, debido a procesos inflamatorios crónicos y alteraciones metabólicas que afectan los mecanismos de reparación celular.
Cortés Barberena subrayó que la nutrición no puede ser entendida únicamente como un tema social o económico, sino como un factor biológico decisivo para preservar la integridad del organismo humano. Su trabajo invita a concebir la alimentación como una herramienta de prevención genómica, una dimensión aún poco explorada en los debates sobre salud pública y políticas alimentarias.
Por su parte, la maestra Silvia Iveth Moreno Gaytán, investigadora del Departamento de Sociología, quien presentó la ponencia ¿Existe la milpa en la Ciudad de México? Desafíos de campesinas y campesinos para consolidar la autosuficiencia alimentaria, ofreció una exploración del vínculo entre cultura alimentaria, identidad campesina y resistencia territorial en el contexto metropolitano.
Con un proyecto de incidencia financiado por Conacyt, hoy Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación, documentó la existencia de al menos 28 variedades de maíz nativo cultivadas en alcaldías como Xochimilco, Milpa Alta y Tláhuac, donde el sistema milpa sigue operando como una forma de vida, a pesar de las múltiples presiones del entorno urbano.
La investigadora analizó cómo el crecimiento acelerado de la mancha urbana ha afectado el suelo de conservación, desplazado prácticas agrícolas y favorecido un sistema alimentario basado en productos ultraprocesados.
Bajo una perspectiva estructural, señaló que la transformación de los territorios ha promovido una desconexión campo-ciudad que fragmenta el tejido social y cultural de las comunidades productoras.
A través de una iniciativa universitaria, se buscó abastecer los comedores de la UAM con tortillas elaboradas con maíz nativo. Sin embargo, la propuesta enfrentó numerosos retos logísticos, financieros y administrativos, que dificultaron la consolidación de vínculos estables entre productores rurales y la estructura institucional.
A pesar de ello, Moreno Gaytán destacó que el esfuerzo permitió visibilizar las posibilidades de reconexión territorial y alimentar la esperanza de construir estrategias de soberanía alimentaria desde la universidad.
En ese mismo espacio, el doctor Juan Manuel Vargas Romero, médico veterinario por la UNAM e investigador del Departamento de Biología de la Reproducción en la Unidad Iztapalapa, en su ponencia Producción y consumo de alimentos amigables con el ambiente trazó un panorama profundo sobre los retos de la producción pecuaria en un mercado cada vez más segmentado por intereses económicos y tendencias urbanas.
Expuso cómo el auge de los alimentos orgánicos, en teoría más saludables y ambientalmente responsables, ha sido absorbido por grandes corporaciones que concentran la derrama económica y elevan los precios a niveles inaccesibles para la mayoría. A pesar de que México es potencia mundial en producción de alimentos orgánicos, el país consume apenas el 15 por ciento de lo que genera.
El investigador atribuyó este fenómeno, en parte, a una lógica aspiracional vinculada al nivel educativo y al estatus social, más que a una conciencia profunda sobre la salud o la sostenibilidad.
Frente a esta paradoja, propuso avanzar hacia la construcción de modelos de ganadería responsable, que integren prácticas como el uso de razas locales adaptadas, sistemas silvopastoriles, rotación de potreros y bancos de proteína vegetales.
Este enfoque busca maximizar la eficiencia energética, reducir la dependencia de insumos externos y mejorar las condiciones productivas y ambientales en territorios rurales. Como lo indicó con humor en su charla: “El sol todavía no cobra impuestos. Hay que aprovecharlo”.
Por último, Julieta Martínez Cuero, economista de formación y doctora en Estudios Sociales por la Unidad Iztapalapa de la UAM, presentó la ponencia El mito de la productividad como bienestar: desafíos y paradojas en las políticas de desarrollo rural. En su experiencia docente en políticas públicas y su trabajo en comunidades rurales con alto rezago social, propuso una lectura crítica sobre el vínculo entre productividad agrícola y bienestar, eje que ha regido la construcción de políticas públicas rurales desde la década de los setenta del siglo pasado.
Según la investigadora, esta lógica causal, replicada en instrumentos como el marco lógico y la Matriz de Indicadores para Resultados (MIR), ha reducido la complejidad del desarrollo rural a cifras de rendimiento por hectárea, ignorando dimensiones esenciales como la cohesión comunitaria, la equidad territorial, la salud de los ecosistemas y los saberes locales.
En este contexto, políticas como el programa Sembrando Vida han generado efectos adversos al reconfigurar las prácticas rurales sin considerar las voces ni las experiencias de las personas que habitan los territorios.
Martínez Cuero llamó a repensar el uso normativo de conceptos como “autosuficiencia”, “seguridad alimentaria” y “desarrollo sustentable”, muchas veces empleados en forma vacía o incoherente con la realidad que pretenden transformar.
Las ponencias revelaron la urgencia de crear puentes entre ciudad y campo, entre saberes académicos y conocimientos locales, entre estructuras institucionales y dinámicas comunitarias.
Más allá de los indicadores y los programas, la alimentación se manifestó como un campo de disputa, memoria y posibilidad. Los aportes compartidos en esta jornada no solo enriquecen el debate universitario, sino que invitan a la acción colectiva, al diseño de políticas públicas integrales y al fortalecimiento de redes que permitan reconstruir un sistema alimentario justo, inclusivo y sustentable.