Antropocentrismo ha originado la destrucción ecológica generada por las guerras: investigadora de la UAM


Número 429


Son la expresión máxima de violencia destructora del medio ambiente y de la relación entre el sujeto y la naturaleza

Marcela Suárez Escobar participó en el VI Foro El hombre y la naturaleza: la senda perdida, organizado por la Unidad Azcapotzalco



Uno de los temas más abordados por especialistas en las últimas décadas es la ecología y los efectos que en ella tienen fenómenos como el cambio climático, el cual “se asume que es provocado por el ser humano” sobre todo desde la revolución industrial, por lo que es necesario tocar esta relación desde distintas perspectivas, coincidieron los participantes en el VI Foro El hombre y la naturaleza: la senda perdida, organizado por el Seminario de Genealogía de la vida cotidiana de la Unidad Azcapotzalco de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM).

Durante el encuentro convocado por el Área y Cuerpo Académico Historia y cultura en México del Departamento de Humanidades, la doctora Marcela Suárez Escobar, adscrita a dicho departamento, relató que en su vínculo con la ecología son las guerras la expresión máxima de la violencia, porque está dirigida contra otros humanos, pero también contra todos los seres vivientes.

La socióloga y doctora en Historia señaló que por ello resulta obligatoria una crítica al antropocentrismo como el origen de la destrucción ecológica que ha generado las guerras, y a éstas últimas “como la expresión máxima de violencia destructora de la naturaleza, del entorno y del medio ambiente, visto no como el paisaje que rodea, sino como la correspondencia entre el sujeto y la naturaleza”.

La investigadora se enfocó principalmente en las dos grandes guerras del siglo XX, “porque fueron las más terriblemente destructoras del medio ambiente en la historia; es decir, ambas contiendas bélicas se vuelven atroces, no solo en el conflicto humano, sino también en el conflicto ecológico”.

Por todos los instrumentos que se ocuparon, y la manera en cómo se utilizaron, por los muertos y heridos y mutilados que hubo, la movilización de personas, por los fastidiados que se siguen produciendo, nunca antes en una forma tan masiva hubo una destrucción como en las dos guerras mundiales del siglo anterior.

Otro punto de vista sobre la relación humano-ecología lo dio la doctora Teresita Quiroz Ávila, del mismo departamento, quien habló de El silencio de Dios –cuento de Juan José Arreola, publicado por el Fondo de Cultura Económica en 1952– que relata la vida de un hombre que le escribe a Dios cuando ha perdido todas las certezas de su existencia y pide explicaciones y respuestas a su desasosiego.

“Dios le responde que ‘los seres humanos han destruido mucho más de lo que yo había propuesto, y pienso que no sería difícil que acabaran con todo, con todo el mundo, con toda la creación que he hecho’, todo gracias a una libertad malempleada”.

Frente a ese panorama “plantea al hombre cinco caminos: el primero es observar bien el pequeño cosmos que te rodea, con cuidado ver también los milagros habituales y escribir sobre ellos, porque es en la cotidianidad donde vas a resolver y a encontrar virtudes y opciones de esperanza ante tus tribulaciones”.

El segundo “es penetrar en el sentido profundo del trabajo, que produce satisfacción, te cubre las necesidades básicas de supervivencia y permite el cansancio que propicia la recuperación física y espiritual”.

La tercera sugerencia es “buscar una colocación de jardinero o cultivar por cuenta propia un prado de hortalizas, pues con estas flores, frutos, insectos y aves, verás que tendrás más alegría en la vida”.

Para la investigadora, la literatura de Juan José Arreola recrea en este magnífico cuento, a partir de la narración del ser humano y el ser supremo, cómo es el vínculo con la naturaleza, el trabajo en lo habitual, el registro de lo natural y de lo básico de la existencia y apreciar la belleza que existe en otros estilos de vida, como puede ser el cultivo de las plantas para la propia alimentación y el diseño de jardines para la recreación espiritual, mental y estética.

Si bien “es una narración de 1952, está escrita de tal manera que transmite esta interpersonalidad del Dios hablándole al humano, pero donde las soluciones están en una especie de rebeldía desde lo cotidiano”.

La conversación es también “un espacio de lucha por las identidades, de las formas de cultivar de los grupos tradicionales y de los sectores urbanos en una dimensión local”.

Entonces es ahí, en la dimensión local, donde hay un espacio de rebeldía y de revolución para estar más en contacto con la naturaleza.

En el Foro participaron la doctora Guadalupe Ríos de la Torre, historiadora del mismo departamento, quien abundó en La rosa blanca, una novela de Bruno Traven que fue llevada al cine por Roberto Gavaldón en 1961, la cual expone la depredación ecológica que trajeron consigo las grandes compañías petroleras extranjeras, así como el doctor Carlos Durand Alcántara, del Departamento de Derecho, quien expuso las posibilidades de la convivencia “equilibrada” del ser humano con la naturaleza.

YouTube
Instagram
Tiktok