Trabajo comunitario de la UAM, motor de cambio
Número 431
A través de proyectos interdisciplinarios, la Universidad fortalece el vínculo entre la academia y las comunidades del sur del país, reconociendo y comprendiendo sus saberes
Las comunidades plantean sus necesidades y problemáticas, buscan aliados que caminen con ellas y no solo extraigan información sin devolver procesos




En un país tan vasto y complejo como México, el compromiso de la universidad pública con las comunidades históricamente marginadas adquiere un carácter vital; por ello, la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), consciente de su papel social, ha construido un modelo de intervención y colaboración que rebasa los límites de la asistencia y se adentra en la transformación conjunta, afirmó el doctor Jesús Manuel Ramos García, profesor investigador en la Unidad Azcapotzalco.
El académico comprometido con los procesos de vida y desarrollo comunitario en Oaxaca, Puebla y Chiapas, apuntó que este trabajo no comenzó con un gran proyecto institucional, sino con una pregunta crítica al interior de la academia después de observar las múltiples realidades: ¿estamos formando profesionales que comprendan la diversidad social y cultural de México?
Reconectar con la realidad
El primer impulso para vincularse con comunidades del sur del país surgió al analizar y cuestionar los planes y programas de estudio de la UAM. “Nos dimos cuenta de que no estábamos considerando otras formas de vida, de pensar, de organización y de hacer economía. Estábamos dejando fuera a personas y sus saberes que, aunque no formales y conocimientos para algunos, son fundamentales para entender nuestro país”, reconoció.
“Todo comenzó al revisar los planes de estudio y darnos cuenta de que no estábamos atendiendo otras formas de vida y organización social”; esa inquietud inicial pronto se transformó en acción: se fortalecieron líneas de investigación en torno a economías comunitarias, gestión y administración social, territorialidad, gobernanza local y saberes indígenas. “Lo que en principio era una crítica curricular se volvió una plataforma activa de transformación”, señaló en entrevista.
“Las comunidades mismas plantearon sus necesidades y problemáticas; buscaban aliados que no impusieran modelos externos, sino que caminaran con ellas. Nos dimos cuenta de que muchos de sus saberes no habían sido observados y comprendidos, sistematizados ni reconocidos académicamente. Lo más grave: quienes investigaban sobre ellos solían ser externos que extraían información sin devolver procesos”, indicó.
Así surgió una manera distinta de concebir y hacer universidad, con diagnósticos participativos, convivencia en territorio y naturaleza, respeto a las autoridades comunales y locales, y construcción compartida de conocimiento. “No llegamos a enseñar, sino a aprender y trabajar desde lo que ya existe, y co-construir”.
Lo que distingue a la UAM
A diferencia de intervenciones externas que extraen información sin retorno, el enfoque que plantea la UAM es radicalmente distinto: escuchar antes que proponer, construir junto con las comunidades y reconocerlas como productoras legítimas de conocimiento.
“Nos distingue que no somos investigadores ajenos al territorio. Vamos, nos quedamos, compartimos la vida cotidiana. No hacemos propuestas sin antes escuchar. Sobre todo, no llegamos a imponer, sino a aprender”, explicó el especialista del Departamento de Administración de la UAM, Unidad Azcapotzalco.
Este enfoque ha transformado la noción de universidad como espacio cerrado, ya que, en palabras del académico, “la universidad no es el aula; es la sociedad. Si no salimos a observarla y comprenderla, corremos el riesgo de enseñar saberes que no nos pertenecen y no la atendemos, no haríamos universidad”.
Uno de los grandes aportes de este trabajo ha sido visibilizar otras racionalidades de vida, de organización, de economía, de gobierno, entre otras. A través de proyectos en Puebla, Yucatán, Veracruz y el sur de la Ciudad de México, el equipo encabezado por el doctor Ramos García ha impulsado cadenas cortas de comercialización y distribución, prácticas de consumo justo y sustentable, así como redes de economía solidaria, y de saberes colectivos por encima de lo individual.
“Esta labor ha influido directamente en la docencia y la oferta académica de varias licenciaturas: Administración, presencial y modalidad semipresencial que se imparte en conjunto con las Unidades de Azcapotzalco y Lerma: Diseño de Proyectos Sustentables que es interdivisional en la Unidad Azcapotzalco; en Inteligencia Artificial, que trabajamos de forma interdivisional en la Unidad Azcapotzalco; está en proceso de creación la licenciatura en Economía Social y Solidaria, interunidades, que responde a esta necesidad de profesionalizar para el mejor funcionamiento formas y modelos comunitarios desde su propia lógica y contextos. También colaboramos con posgrados en Estudios Organizacionales, Economía, Ingeniería y Ciencias de la Salud, construyendo enfoques multidisciplinarios desde abajo”, destacó.
El impacto es evidente en comunidades que se organizan a partir de sus necesidades con mayor autonomía, que registran proyectos y marcas colectivas, que usan tecnologías para posicionar sus productos sin renunciar a su identidad cultural. “Hoy nos agradecen que haya universidades que no las estudian desde lejos, sino que las acompañan desde dentro”. Acciones que han fortalecido sin duda alguna la investigación crítica en la administración y gestión, lo que ha permitido plantear una administración social crítica y multirracional.
Al hablar de la ética del trabajo comunitario, enfatizó “tenemos muy claro que no queremos reproducir lógicas asistencialistas. Nuestro enfoque parte de la Economía Social y Solidaria (ESS), donde ellos y ellas, junto con la naturaleza, sean los protagonistas de su propio desarrollo”.
Para garantizar sostenibilidad, los equipos no sólo hacen investigación, ofrecen cursos de formación, talleres de identidad y herramientas que permitan a las comunidades continuar su camino incluso cuando la universidad se retira físicamente.
Aunque la mayoría de los proyectos se han desarrollado en el sur, se ha intentado replicarlos en zonas del norte y el Bajío. Sin embargo, el contexto es distinto: mayor propiedad privada, más presencia industrial, menor cohesión comunitaria. “Hemos identificado indicadores como la diferencia en el tejido social, en los modelos económicos regionales y en la cultura de la solidaridad. No es que no haya comunidades en situación de vulnerabilidad, pero el escenario es más complejo”.
Proyectos con rostro, raíz y horizonte
Los proyectos desarrollados abarcan diversas regiones y disciplinas. Uno de ellos consistió en mapear y fortalecer circuitos económicos solidarios de productos derivados de la miel de la abeja melipona en Veracruz, Yucatán y Puebla. Otro, más reciente, se centró en diseñar formas de consumo justo y local, y comercialización y difusión desde las propias necesidades de las comunidades del estado de México.
Además, se trabaja en la creación de polos de desarrollo autogestivos, en los que las comunidades puedan organizar su producción, comercialización y gobernanza territorial. Estas iniciativas han sido clave para sentar las bases de una nueva licenciatura en ESS.
Lo importante, de acuerdo con Ramos García, es que no se trata de replicar modelos, sino construir alternativas desde adentro. “La universidad acompaña, pero no dirige. Apoya, pero no sustituye. Así debe ser.”
Los beneficios para las comunidades han sido múltiples y tangibles, para evidencia de algunos: fortalecimiento de la identidad, apropiación de saberes, registro de marcas colectivas, acceso a redes digitales para comercializar y distribuir productos, fortalecimiento de sus formas de organización, mejoras en la planeación territorial, y un renovado sentido de autonomía.
Mientras que para la Universidad: “Gracias a estas experiencias hemos creado nuevos planes de estudio, surgieron nuevas líneas de investigación, se obtuvo financiamiento externo a la universidad e incluso hemos contribuido a que más estudiantes se queden en las comunidades, trabajando desde ahí”, aseguró.
Contrastes regionales y desafíos futuros
Aunque la mayoría de los proyectos han tenido lugar en el sur del país, se han explorado rutas en el norte y el centro. Ahí, el escenario es distinto: propiedad privada más extendida, menor cohesión comunitaria, fragmentación del tejido social y mayor presencia industrial.
“En la Ciudad de México, por ejemplo, hay más prácticas colectivas en Xochimilco que en Azcapotzalco, eso dice mucho sobre cómo se distribuye el tejido social en el territorio”, observó el académico.
Los indicadores utilizados para reconocer estas diferencias incluyen la propiedad de la tierra, los modelos de comercialización y las expresiones culturales de solidaridad. Entender esas dinámicas es vital para definir formas de intervención apropiadas en cada región.
La participación del alumnado ha sido clave. “No se trata solo de ir y observar. Les decimos a nuestro alumnado: no es una materia más, es una experiencia formativa que puede cambiar la forma en que ven el mundo. Algunos incluso se han quedado en las comunidades, asesorando o liderando proyectos”, compartió.
Un horizonte compartido
Pensar a futuro implica imaginar cómo consolidar estas experiencias; por ello, es fundamental convertir el trabajo comunitario en una línea transversal para todas las licenciaturas, formalizarlo como política institucional y articularlo con los planes municipales, estatales y nacionales de desarrollo, resaltó.
Propone construir una coordinación de extensión comunitaria y desarrollo regional dentro de la propia universidad. “Hoy lo hacemos desde cada unidad, cada profesor, cada proyecto. Si logramos articular todo eso, el impacto podría ser mayor”.
“La UAM está llamada a mostrar que existen otras formas de vivir, de producir, de convivir. Es urgente que los saberes y conocimientos de las comunidades originarias sean estudiados con respeto y seriedad. Ya no podemos permitir el epistemicidio”, puntualizó.
En un tiempo donde la fragmentación y el olvido siguen marcando la vida de muchas regiones del país, la Universidad Autónoma Metropolitana se reafirma como una institución que aprende, que escucha y que acompaña. Una universidad, como señaló el especialista “que no se construye desde arriba, sino desde la comunidad”.