Configuraciones rurales en el México actual: miradas desde la UAM
Número 433
Académicos de la Casa abierta al tiempo reflexionaron sobre la fragmentación rural y sus vínculos con el comercio, la alimentación y el orden urbano
Durante dos días, especialistas compartieron hallazgos sobre políticas alimentarias, economía artesanal, migración y satelización territorial

Dentro del Coloquio Interdepartamental Ruralidades y Alimentación, celebrado en la Unidad Iztapalapa de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), se presentaron cinco ponencias que ofrecieron una mirada multidisciplinaria a las transformaciones socioterritoriales en contextos rurales y periurbanos de México.
Los Investigadores provenientes de la sociología, geografía, filosofía de la ciencia y producción agropecuaria de dicha sede académica abordaron desde enfoques críticos temas que parten de la urbanización desordenada, el desarrollo rural, la cultura productiva campesina y la economía artesanal, hasta las interacciones híbridas en territorios rururbanos.
La doctorante Dulce María Martínez Cortés cuestionó la lógica dominante que vincula productividad con bienestar rural, señalando el papel estructural de las políticas públicas en la marginalización del campo; por su parte, el doctor Joel Vargas Domínguez analizó el Programa de Obras Rurales por Cooperación como dispositivo estatal de control bajo la apariencia de ayuda alimentaria, mostrando cómo los estándares internacionales modificaron las prácticas comunitarias.
Además, Viridiana Alemán López presentó una tipología de sistemas agropecuarios en el rururbano metropolitano, revelando la adaptación de saberes tradicionales en espacios urbanos en expansión, mientras el doctorante Joel Isaac Zamora Morales visibilizó las desigualdades en la industria del alebrije en Oaxaca, mostrando cómo comunidades satélite son subordinadas en procesos productivos que benefician comercialmente a centros turísticos reconocidos.
Finalmente, la doctora Ana Lourdes Vega refirió el crecimiento descontrolado en la zona oriente del Valle de México, donde la urbanización sobre suelo ejidal ocurre sin planeación ni servicios básicos, en medio de presiones institucionales y dinámicas sociales complejas. En conjunto, estas investigaciones subrayan la necesidad de revisar los modelos de intervención estatal y de desarrollo rural desde enfoques más territoriales, humanos y participativos.
Vargas Domínguez, especialista en filosofía de la ciencia e historia de la alimentación en México, presentó una investigación exhaustiva sobre el Programa de Obras Rurales por Cooperación; que entre 1963 y 1980 se diseñó como respuesta a la crisis rural mexicana y fue gestionado por la Secretaría de Salubridad y Asistencia en colaboración con organizaciones internacionales, como la Community Development Foundation y el Programa Mundial de Alimentos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).
Destacó cómo esta iniciativa, aparentemente orientada al desarrollo comunitario, operó como un dispositivo de control estatal que moldeó y limitó la participación ciudadana a través de criterios externos y estandarizados. Inspirado en modelos aplicados en Europa y Asia durante la posguerra, el programa intercambió obras locales por alimentos procesados provenientes de Estados Unidos, bajo la idea de que la dieta rural tradicional era insuficiente frente a los parámetros urbanos modernos.
El modelo fue precursor de políticas posteriores como Coplamar y Solidaridad, y dejó huella en la forma en que el Estado mexicano diseñó la participación social. La investigación propone repensar estos esquemas desde una perspectiva histórica crítica, que permita entender cómo se construyó lo rural como categoría administrativa y terreno de disputa epistemológica entre el saber técnico y las formas de vida campesinas.
En su participación Viridiana Alemán López, especialista en producción animal y colaboradora del área de Sistemas Agropecuarios en la UAM, expuso una mirada interdisciplinaria sobre la evolución del territorio rururbano, ese espacio donde lo rural y lo urbano se entrelazan y dan lugar a nuevas dinámicas productivas y sociales.
Partiendo de diversas disciplinas como geografía, agronomía, sociología y urbanismo, reveló que los conceptos de “rural” y “urbano” han dejado de ser opuestos, para convertirse en una continuidad funcional y territorial que transforma periferias, formas de subsistencia y estructuras familiares.
A través del concepto de ruurbanización describió cómo áreas metropolitanas, especialmente la periferia de la Ciudad de México, han desarrollado sistemas agropecuarios con características híbridas: espacios reducidos, materiales reciclados, animales alimentados con desechos orgánicos urbanos y cultivos como amaranto destinados a la industria alimentaria.
Dejó en claro que el rururbano no es una transición pasajera, sino una configuración compleja que interpela los modelos de desarrollo, sustentabilidad y soberanía alimentaria en territorios urbanos expandidos.
Joel Isaac Zamora Morales, doctorante en Geografía por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) presentó una investigación sobre el fenómeno de satelización en la industria del alebrije en miniatura en Oaxaca. Su análisis se centra en cómo comunidades menos reconocidas, como San Pedro Taviche, producen tallas de madera que luego son absorbidas por pueblos más visibles como San Martín Tilcajete, donde se decoran y comercializan como piezas de alto valor, invisibilizando el origen y el esfuerzo de los productores satélite.
Presentó cómo esta estructura comercial genera una fuerte división territorial y técnica del trabajo, que se manifiesta en relaciones desiguales. Mientras Taviche se enfoca en la producción rápida de figuras en blanco, Tilcajete produce alebrijes ornamentados para el mercado turístico y de exportación. Esta diferenciación reproduce dinámicas de explotación, precarización laboral y falta de reconocimiento para los artesanos de colectividades periféricas.
La producción artesanal en Taviche involucra toda la unidad familiar, con división por género y edad, simplificación estética por limitaciones económicas y precios bajos (entre 8 y 15 pesos por pieza). Estas figuras, además de ser mercancía final, funcionan como materia prima para talleres con mayor acceso al mercado. La ausencia de contratos formales y predominio de acuerdos verbales ha permitido que los intermediarios mantengan una estructura flexible, pero desigual.
Su estudio revela cómo prácticas artesanales tradicionales han sido moldeadas por dinámicas de mercado que replican lógicas de competencia y exclusión bajo una estética cultural valorizada por el consumo turístico.
En este mismo espacio, la doctora Ana Lourdes Vega y Jiménez De la Cuesta, del Departamento de Sociología, presentó un análisis sobre la expansión urbana en la zona oriente de la Ciudad de México, donde municipios como Chalco, Chimalhuacán e Ixtapaluca han sido ocupados por asentamientos irregulares en territorios ejidales. Este crecimiento desordenado ha estado marcado por la acción de organizaciones sociales como Antorcha Campesina, que han comercializado terrenos agrícolas sin regulación ni servicios básicos.
La urbanización en estas áreas ha ocurrido sin planeación adecuada, generando carencias estructurales y alta densidad poblacional; además, reformas legales y mecanismos de certificación agraria han facilitado la transformación del suelo rural en urbano, aunque las autoridades aún enfrentan dificultades para ordenar el territorio.
Ante esta situación, el gobierno federal anunció recientemente un plan de inversión por más de 75 mil millones de pesos para mejorar infraestructura, educación, salud y vivienda en diez municipios afectados, por lo que Vega y Jiménez De la Cuesta concluyó que estas transformaciones requieren una política pública integral que responda a los desafíos de gobernanza, sostenibilidad y justicia espacial.
Por último, la doctorante Dulce María Martínez Cortés planteó una crítica profunda sobre la manera en que el Estado ha vinculado históricamente la productividad agrícola con el bienestar rural, al señalar que esta lógica ha simplificado la pobreza en el campo a problemas de producción, ignorando las causas estructurales como el abandono institucional, la concentración de tierras y los efectos del libre comercio.
Mostró cómo programas actuales como “Fertilizantes para el Bienestar” o “Sembrando Vida” mantienen esta visión tecnocrática, sin definir qué entienden por bienestar ni incorporar los saberes de las comunidades; por lo que alertó sobre la instrumentalización del campesinado y las consecuencias negativas que estas acciones han provocado, como el debilitamiento de la milpa, la fragmentación social y el abandono de los cultivos.
Propuso repensar el desarrollo desde lo territorial, reconociendo los contextos locales y generando acciones construidas en conjunto con las comunidades; por ello, dejó claro que el campo mexicano no necesita más productividad impuesta, sino más escucha, respeto y políticas con rostro humano.
Este coloquio de dos días ofreció una convergencia clara: lo rural no puede seguir siendo tratado como un residuo de lo urbano, ni como una categoría técnica desprovista de historia y agencia. Las experiencias compartidas evidencian cómo los territorios rurales y periféricos están atravesados por prácticas vivas, saberes comunitarios, tensiones productivas y disputas por el valor simbólico y económico de lo que ahí se produce y se habita.