Persisten la discriminación y el racismo
Número 656
Humanos compartimos el 99.9 por ciento del material genético, lo que hay son variabilidades fenotípicas en el contexto de una misma especie: académico de la UAM
El investigador participó en las Jornadas conmemorativas por los 10 años de la Defensoría de los Derechos Universitarios en la sede Azcapotzalco de la Institución

Si bien la raza no existe, porque no es una categoría que tenga un correlato biológico, el racismo persiste como una función en la que se usa el fenotipo, el tono de piel, la estructura ósea y otros rasgos visibles para clasificar a las personas, señaló el doctor Mario Alfredo Hernández Sánchez, profesor del Departamento de Sociología de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM).
En su participación en las Jornadas conmemorativas por los diez años de la Defensoría de los Derechos Universitarios (DDU) de esta casa de estudios en la Unidad Azcapotzalco, el académico de esta sede universitaria advirtió que “hoy sabemos que las razas no existen, que en realidad compartimos el 99.9 por ciento del material genético y lo que hay son variabilidades fenotípicas en el contexto de una misma comunidad o especie humana”.
Desde 2001, cuando se incluyó la prohibición de discriminar en la Constitución, se rompió con esta idea que ha prevalecido durante mucho tiempo en el imaginario social, “que es la del mestizaje y de que el encuentro entre indígenas y españoles durante el siglo XVI habría producido una nueva raza, la raza cósmica, la raza de bronce, esta raza mestiza que aparentemente habría absorbido nuestras diferencias y esta idea ha sido el principal obstáculo para construir una política de no discriminación”.
Así, debemos reconocer que en ese momento la participación importante de los movimientos feministas, “que siempre han constituido la vanguardia política”, y los movimientos críticos de la racialización propició que hayamos construido la discriminación como un problema público”, añadió.
También fue importante la presencia de los movimientos indigenistas –como el Ejército Zapatista de Liberación Nacional– que mostraron que no solamente la identidad indígena era vibrante, actual, presente, sino que persistían rutinas de discriminación a las que estaban y están sujetas y sujetos, pues en situaciones como la pandemia, por ejemplo, significó para este sector que sus probabilidades de enfermarse de gravedad y de morir aumentaran en 50 por ciento.
El investigador citó a Gilberto Rincón Gallardo, un impulsor de este movimiento contra la discriminación, quien decía que México se dividía en dos grandes grupos: “quienes hoy son discriminados y quienes van a ser discriminados y discriminadas el día de mañana”.
En ese sentido, “creo que esto tiene mucha veracidad, porque si se piensa que alrededor del 60 por ciento de las personas mayores de 60 años tienen una discapacidad, ahí vemos cómo convergen dos condiciones de discriminación: la edad y la discapacidad, por lo que al menos tenemos dos probabilidades de ser discriminados o discriminadas estructuralmente”.
El doctor en Humanidades, autor de diversos capítulos y artículos especializados sobre filosofía de los derechos humanos y democracia, así como de no discriminación y e inclusión social, expuso que en la discriminación convergen cuatro elementos: en primer lugar, clasificar a las personas, distinguirlas en grupos, en clases, para asignarles un valor diferenciado; por ejemplo, los alumnos de la UNAM y los de la UAM, o los de la universidad pública y los de la privada.
El segundo es que puede ocurrir por acción u omisión y no hay una razonabilidad; es decir, los prejuicios que se ponen en juego para discriminar “no tienen un correlato empírico ni tienen nada de lógica. Incluso si no hay intención, pero el hecho resulta en un acto discriminatorio”.
El tercero y cuarto elementos tienen como fundamento prejuicios, estigmas y estereotipos relacionados con identidades y con grupos: expresiones como “las personas LGBTTTQ+ son promiscuas; las personas indígenas son pobres porque quieren; todas las personas con discapacidad son poco productivas; todas las mujeres son emocionales y por ello no deberían ocupar puestos de dirección”, entre muchos otros.
Hoy la Universidad, dijo, se ha convertido en un espacio de no discriminación, aunque a veces los esfuerzos que desde aquí se hacen son minimizados en otros como los medios de comunicación, donde se ha dicho que se discrimina a hombres blancos heterosexuales o reclaman que haya una marcha del orgullo heterosexual, vagones en el metro para hombres y también defensorías para ellos, llegan a cuestionar incluso por qué las personas se quejan de que se les pongan apodos por su apariencia física y por ello se les llama frágiles o que pertenecen a una “generación de cristal”.
En ese sentido, explicó que, si bien suele verse como un problema de minorías, la discriminación es estructural, y el primer marcador que se distingue es el de género, pues más de la mitad de las personas de este mundo, las mujeres, viven este tipo de injusticias.
Subrayó que el derecho a la no discriminación significa que “todas las personas deben ser tratadas con igualdad y de manera simétrica por las instituciones. Es también dar prioridad a quienes han experimentado afectaciones acumuladas a lo largo de mucho tiempo, para que puedan tomar posiciones donde quizá nunca han estado, como es el caso de las mujeres, de las personas indígenas o las personas con discapacidad”.
En esa mesa participaron también Ximena Rodríguez Méndez y Brianda Muñoz Jurado, quienes expusieron algunas situaciones de discriminación por las que han pasado como integrantes del alumnado de esa unidad universitaria.
En la presentación de esta jornada la doctora Martha Walkyria Torres Falcón, titular de la DDU, destacó que las dos funciones principales de ese órgano radican justamente en la defensa y la promoción de una cultura de respeto. Ambas funciones son fundamentales para construir espacios libres de discriminación y violencia, y “cada integrante de la comunidad debe conocer sus derechos para poder ejercerlos a cabalidad”.
Al inaugurar esta jornada, la doctora Yadira Zavala Osorio, rectora de la Unidad Azcapotzalco de la UAM, recalcó que a lo largo de esta década la Defensoría ha demostrado que el ejercicio de los derechos universitarios es también una forma de aprendizaje institucional.
“No se trata únicamente de atender conflictos o emitir recomendaciones, sino de construir una cultura de respeto, de diálogo y de corresponsabilidad. Esta labor nos recuerda que una universidad democrática se fortalece, no porque evita el disenso, sino porque lo atiende con justificación, con razón y con justicia”, afirmó.
Para el futuro de la defensoría “es necesario fortalecer las capacidades, innovar los mecanismos de mediación y prevención y mantener una presencia activa en la vida cotidiana de la Universidad”.
La defensa de los derechos “no puede depender solo de una instancia, sino que es una tarea colectiva que nos involucra a todas, todos, todes, porque somos UAM y vivimos en este país”, concluyó.