La gráfica de la muerte en México: tradición, crítica y resistencia visual


Número 684


El doctor Víctor Manuel Collantes Vázquez, investigador de la UAM, explora la muerte como símbolo espiritual, social y estético

Sus obras, realizadas con tinta china y óleo, revelan la conexión entre la vida, la fe y la memoria colectiva



“La muerte ha sido, desde mi infancia, una presencia constante. No como amenaza, sino como una imagen que respira en los objetos, en las calles y en las tradiciones”, afirma el doctor Víctor Manuel Collantes Vázquez, investigador del Departamento de Evaluación del Diseño en el Tiempo de la Unidad Azcapotzalco de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), cuyo estudio sobre la gráfica de la muerte en México parte de una experiencia vital más que de una teoría abstracta.

Desde niño se sintió atraído por figuras populares que mezclaban humor, religión y mortalidad. Recuerda los juguetes de barro pintado con cabezas de cráneo, cuerpos de resorte y túnicas de tela. “Eran objetos que evocaban la fragilidad de la existencia y la creencia en la trascendencia. Esa imagen, aparentemente ingenua, sembró una inquietud que más tarde se convirtió en una línea de investigación”, relata.

Uno de los momentos que definieron su trabajo fue la colaboración en una producción de Don Juan Tenorio, de Gonzalo Correa, donde diseñó máscaras de cartón inspiradas en calaveras. Aquellas piezas exageraban las proporciones para acentuar el dramatismo. Después las adaptó a la cartonería y las transformó en obras enmarcadas, inicio de una exploración visual que integró elementos teatrales, religiosos y populares.

Su interés se dirigió a las leyendas coloniales, en las que descubrió una narrativa donde convergen redención, misterio y humor. En sus ilustraciones emplea tinta china y óleo, materiales que otorgan profundidad y brillo. “La vida puede ser una prisión para quienes no están conformes con ella; el deceso, en cambio, puede significar liberación”, reflexiona.

El doctor Collantes Vázquez considera que la gráfica de la muerte no pertenece solo al ámbito artístico, sino que funciona como lenguaje social. Menciona a José Guadalupe Posada, grabador, ilustrador y caricaturista, como figura clave en esta tradición. “Fue un cronista visual. Con trazos simples comunicaba las defunciones por violencia o enfermedad. Su uso de proporciones exageradas –quijadas prominentes, dientes visibles– no deformaba la realidad, sino que la dotaba de sentido simbólico”.

La obra de Posada trascendió el grabado y se filtró en el paisaje urbano: en los rótulos de panaderías, en el papel picado y en los carteles populares. “El contraste entre el fondo oscuro y la blancura del material daba la sensación de observar verdaderos huesos”, apunta. La gráfica de la muerte se integró así al espacio cotidiano como expresión de identidad colectiva.

Lo simbólico y lo cotidiano

El especialista observa que en la actualidad la representación del óbito ha cambiado. “Las noticias sobre asesinatos, narcotráfico o violencia política modificaron su sentido tradicional. Hoy aparece en los medios como espectáculo constante”, advierte. Ante ello, considera fundamental recuperar el legado gráfico de principios del siglo XX. “Ver la muerte como algo alegre, dotado de trascendencia, permite restaurar su valor simbólico. En la actualidad, la religiosidad se ha diluido y el Día de Muertos se ha transformado en un periodo comercial, más cercano al consumo que a la memoria”.

No obstante, sostiene que el rescate de las tradiciones garantiza la vigencia de esta expresión visual. “No todo se reduce a Posada. Artistas como Julio Ruelas exploraron visiones dramáticas con notable maestría”.

Para Collantes Vázquez, este tipo de gráfica es una herramienta para comprender la vida, la espiritualidad y la cultura mexicana. “Está en nuestra cotidianidad. No se limita al hecho biológico; forma parte de una visión moldeada por siglos de sincretismo entre las creencias indígenas y las prácticas religiosas europeas”.

Desde su perspectiva, el mexicano contemporáneo habita una tradición que fusiona herencias diversas. “Aunque existe miedo a la muerte, la concebimos como un paso hacia otra dimensión, no como ruptura definitiva. Es un vínculo con lo espiritual”.

Esta relación se manifiesta con fuerza durante el Día de Muertos, cuando los hogares levantan altares dedicados a los difuntos. “El altar simboliza la continuidad entre la vida y la muerte. Refleja los niveles de cercanía con los seres queridos y expresa la esperanza de que regresen para convivir con los vivos”.

Otro símbolo esencial es la flor de cempasúchil, que por su color y su floración en noviembre guía el camino de las almas. “Es emblema de la temporada y puente entre ambos mundos”, explica.

Las calaveras constituyen otro elemento central. Su origen se remonta a la gráfica popular del siglo XIX, donde artistas como Posada y Manuel Manilla las representaron en escenas cotidianas. “Ambos dieron un tono festivo a figuras esqueléticas que comían, bebían o bailaban. Convirtieron la muerte en espejo de la vida”.

En ese contexto surge La Catrina, figura que sintetiza elegancia, ironía y crítica social. “Representa la simulación. Nos recuerda la máscara que todos llevamos y la certeza de que, más allá de las apariencias, somos iguales ante la ella”.

Para el investigador, el arte funerario popular no solo conserva una memoria, también ofrece resistencia simbólica ante la banalización contemporánea de la violencia. “La gráfica de la muerte nos devuelve una mirada crítica y poética frente a la deshumanización”.

Afirma que su estudio busca devolver profundidad a una tradición visual que combina religiosidad, humor y denuncia. En sus obras, las calaveras dialogan con santos, actores o personajes cotidianos. La mezcla de luces y sombras refleja la tensión entre lo terrenal y lo espiritual. “Me interesa capturar el instante donde la vida y la muerte se confunden”.

En su trabajo académico, analiza cómo la gráfica ha acompañado la evolución del país. Desde los grabados decimonónicos hasta las ilustraciones digitales actuales, continúa como protagonista. “Cada época la interpreta a su manera. En el siglo XIX aparecía en hojas volantes; hoy circula en redes sociales. Pero su poder simbólico permanece”.

Collantes Vázquez subraya que el arte mexicano mantiene una relación única con la muerte, distinta de la visión occidental dominante. “No la ocultamos, la exhibimos; la transformamos en risa, color y forma. Esa familiaridad nos define”.

Frente al uso comercial de las festividades, el investigador propone recuperar el sentido espiritual del ritual. “El Día de Muertos no es solo una tradición decorativa. Es una práctica que preserva la memoria, el respeto y la comunión con quienes nos precedieron”.

Considera que los altares, las flores y las ofrendas conservan su fuerza simbólica cuando se elaboran con intención genuina. “Ahí reside la vigencia de nuestra cultura visual: en el gesto de colocar una vela, en la imagen de la calavera que sonríe sin miedo”.

Su investigación, nutrida por experiencias personales y estudio de tradiciones visuales, revela que el deceso no es un final, sino una presencia que acompaña. En su visión, cada trazo es una forma de recordar y comprender. “Frente a la trivialización mediática, el arte ofrece una respuesta ética y estética”.

“La muerte está a un paso”, concluye Collantes Vázquez, “y en México ese paso se dibuja cada día con tinta, color y memoria”.

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